
Dolió, pero aprendí...
Mi misma – 26/12/2017
Hay una frase que siempre ha llamado mi atención:
"Dolió, pero aprendí."
Cada vez que la escucho me recuerda dos cosas.
La primera, una canción de Ricardo Montaner que habla de un amor que terminó dejando heridas.
La segunda, y quizá la más importante, las lecciones aprendidas que nacen de cada experiencia que vivimos.
Creo firmemente que nada de lo que nos sucede es en vano. Todo, incluso aquello que más nos duele, llega para enseñarnos algo.
A lo largo de la vida conocemos personas que nos marcan profundamente. Algunas llegan para quedarse y otras para mostrarnos una realidad que, aunque dolorosa, necesitábamos descubrir. Hay quienes nos decepcionan, nos traicionan o nos lastiman de una forma tan intensa que sentimos que el dolor alcanza el alma.
Y está bien sentirlo.
Lo que no podemos permitir es quedarnos viviendo para siempre en ese dolor.
Con el tiempo entendí que, además de llorar lo perdido, también debemos aprender a agradecerlo.
Sí... agradecer.
Porque incluso esos momentos difíciles nos obligan a abrir los ojos. Nos muestran lo que antes no queríamos ver, nos enseñan a conocernos mejor y nos ayudan a descubrir qué estamos dispuestos a permitir y qué no volveremos a aceptar.
Muchas veces pensamos que lo que más duele es la traición o la despedida.
Para mí, lo que más pesa en una relación que termina es el tiempo.
Ese tiempo que entregamos con amor y que nunca volverá.
Pero incluso ese tiempo tuvo un propósito. Nos permitió crecer, madurar y entender cosas que quizá de otra manera nunca habríamos aprendido.
Por eso creo que, después de cada experiencia, deberíamos hacernos una pregunta muy sencilla:
¿Qué aprendí?
Tal vez la respuesta merezca escribirse.
Me gusta imaginar una lista de "lecciones aprendidas", como esas que hacemos al finalizar un proyecto importante. Una lista que podamos volver a leer cuando la vida nos ponga frente a situaciones parecidas.
No para vivir desconfiando de todos.
No para levantar muros.
No para convertirnos en verdugos de quienes lleguen después.
Sino para tomar mejores decisiones, cuidar nuestro corazón y seguir creciendo sin perder la capacidad de amar.
Porque al final, el verdadero aprendizaje no consiste en endurecernos.
Consiste en volvernos más sabios sin dejar de ser buenas personas.
Y cuando un día puedas mirar atrás, sin rencor y con gratitud, entenderás el verdadero significado de esa frase:
Dolió... pero aprendí.
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