En la espera... durante y hoy
Mi misma – 20/11/2022
La vida nos lleva por caminos muy distintos. Algunos están llenos de alegrías y otros nos enfrentan a pruebas que jamás imaginamos vivir.Pero, si hay una espera que consume el alma, es la espera de un diagnóstico.
Nadie está preparado para ella.
Es una mezcla de incertidumbre, miedo y esperanza. Una batalla silenciosa en la que cada llamada, cada examen y cada palabra del médico parecen detener el tiempo.
Si intento describir lo que sentí, solo puedo decir que el cuerpo y la mente entran en un estado que nunca antes habían conocido. La palabra cáncer comienza a ocupar todos los pensamientos y, con ella, llegan los escenarios más difíciles.
Lloré.
Grité.
Sentí una impotencia inmensa.
Y cada vez que te miraba, mamá, mi alma se derrumbaba.
Te veía indefensa, confundida y cada día un poco más cansada. Mientras tanto, yo solo intentaba darte ánimo, hacerte sentir que no estabas sola y que todos estábamos contigo.
Los días pasaban y, poco a poco, tus fuerzas iban desapareciendo.
Sabía que la situación era delicada, pero nunca imaginé que todo sucedería tan rápido.
Durante esos días aprendimos a vivir un día a la vez.
Lo único importante era que tú estuvieras tranquila, que te sintieras acompañada y rodeada de amor.
Recé como nunca antes lo había hecho.
Hice rosarios, novenas y elevé cada oración con una sola petición:
"Mamá... sánate."
Fue la experiencia más difícil que he vivido.
Y aunque con el tiempo acepté la voluntad de mi Padre Celestial, el dolor atravesó cada rincón de mi corazón.
Sentí tristeza.
Vacío.
Ausencia.
Resignación.
Dolor.
Y, al mismo tiempo, una profunda gratitud por haber tenido el privilegio de llamarte mamá.
Cada mañana era diferente.
Había días en los que parecías recuperar fuerzas y eso nos llenaba de esperanza. Celebrábamos cada pequeño avance como si fuera una gran victoria. Yo soñaba con que hubiera tiempo para un tratamiento, tiempo para prepararnos, tiempo para despedirnos con calma.
Pero Dios tenía otro plan.
Hoy, después de un año, logro comprender algo que en ese momento era imposible entender.
Lo que estaba por comenzar era una peregrinación larga y dolorosa.
Y mi Padre Celestial, en su infinita misericordia, decidió que no fuera así.
Tu partida fue inesperada.
Dolorosa.
Pero también fue una forma de descansar.
Hoy te recordamos en cada conversación, en cada reunión familiar, en cada receta, en cada enseñanza y en cada abrazo que nos damos.
Sigues presente.
Porque el amor no termina cuando una persona parte.
Permanece en todo lo que sembró mientras estuvo aquí.
Gracias, mamá, por el hogar que construiste.
Gracias por enseñarnos el valor de la familia.
Gracias por dejarnos un legado de amor, unión y prosperidad.
Mi familia es el regalo más grande que tú y mi papá pudieron dejarme, y cada día doy gracias a Dios por cada uno de ellos.
Te amamos.
Y siempre será así.
Teresinda linda de mi corazón...
Tu Lidia.

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