Entre tú y yo
Hay distancias que sobreviven al tiempo.
Hay relaciones que nunca necesitaron un nombre para existir.
Hay personas con las que simplemente nos conectamos, aunque pasen semanas, meses o incluso años sin vernos. Como si el tiempo jamás hubiera transcurrido. Como si existiera un hilo invisible que siempre nos llevara de regreso al mismo lugar.
¿Cómo explicar lo que sucede?
Si un día llegas a mi puerta y tocas, sabes que encontrarás respuesta del otro lado. No porque viva esperándote, sino porque entre nosotros nunca existieron las dudas. Solo una certeza silenciosa: cuando coincidimos, algo inevitable ocurre.
Nuestros cuerpos se reconocen demasiado bien.
Basta una mirada sostenida unos segundos más de lo normal para que el ambiente cambie. La distancia desaparece. Tu mano busca la mía, luego mi cintura, y una corriente cálida comienza a recorrerme lentamente. Tu perfume despierta recuerdos que creía dormidos y tu cercanía hace que mi respiración cambie sin que pueda evitarlo.
Tus caricias recorren mi piel con la seguridad de quien conoce cada reacción. Hay lugares donde te detienes apenas unos instantes y otros donde permaneces más tiempo, como si disfrutaras ver cómo mi cuerpo responde antes incluso de que yo sea consciente de ello.
Entonces mis labios buscan los tuyos.
Los besos dejan de ser un saludo para convertirse en una conversación llena de deseo. Son más largos, más profundos, más intensos. En ellos hay ansiedad, complicidad y una necesidad contenida durante demasiado tiempo.
Mi respiración se acelera.
Siento el calor subir lentamente por mi cuerpo mientras intento mantener la calma, aunque sé que es una batalla perdida. Hay un instante en el que dejo de pensar y simplemente siento. Mi cuerpo comienza a moverse casi sin darme cuenta, siguiendo un ritmo que nace desde muy dentro. Es un lenguaje que no necesita instrucciones; simplemente aparece.
Te miro.
En tus ojos encuentro el mismo deseo que siento en los míos. Hay una mezcla de ternura y pasión que siempre me desconcierta. Me gusta descubrir en tu rostro cómo disfrutas cada momento, cómo sonríes apenas, cómo tu respiración también cambia mientras nuestras manos continúan buscándose.
Nos dejamos llevar.
El tiempo deja de existir. Solo permanecen el calor de la piel, los abrazos que se hacen más fuertes y esa sensación de estar completamente presentes el uno para el otro. Todo alrededor desaparece.
Después llega la calma.
Nos quedamos en silencio unos minutos, recuperando el aliento. Compartimos un vaso de agua, alguna risa, una conversación sencilla sobre cualquier cosa, como si acabáramos de regresar de un viaje del que solo nosotros conocemos el destino. Si fumáramos, probablemente ese sería el momento perfecto para encender un cigarrillo y contemplar el techo sin prisa.
Luego nos despedimos.
Sin promesas.
Sin reclamos.
Sin preguntarnos cuándo volverá a suceder.
Puede ser dentro de unos días, de unas semanas, de un año... o quizá nunca más.
Y, aun así, ninguno necesita respuestas.
Porque hay historias que no nacieron para pertenecer a la rutina ni para vivir bajo las reglas de los demás.
Hay encuentros que solo existen porque dos personas, en el momento preciso, deciden entregarse por completo a ese instante.
Y sé, con la tranquilidad de quien no necesita explicaciones, que esto... solo puede suceder entre tú y yo.
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